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domingo, 14 de enero de 2018

 ¿Tierra de los Hombres Libres? 

Una Perpectiva Católica sobre la Historia Norteamericana


Por Charles A. Coulombe

Tomado de la introduction al libro 'Puritan's Empire',  por Charles Coulombe
Traducido del inglés por Roberto Hope

 Parte 3

Las Américas

Debido a una ausencia de registros escritos, un velo cubre la cara de la América pre-colombina. Aun cuando existe la creencia general entre los académicos de que hubo poco o ningún contacto entre las Américas y el resto del mundo, algunos estudiosos sostienen lo contrario, La historia de las Américas es tan o aún más interesante desde este punto de vista. En el artículo “México” en la Catholic Encyclopedia (tomo X, p.252) hay una relación fascinante de la religión mexicana pre-colombina. Algunas de sus tradiciones son cercanamente paralelas a varias narraciones del Génesis, y representan los restos de la revelación original dada a los primeros hombres. Pero otros elementos tienen un origen posterior.
En la historia de las naciones del antiguo México, la venida de Quetzalcóatl marca una era separada. Se dice que venía de la provincia del Pánuco, un hombre blanco  de gran estatura, frente amplia, pelo negro y largo, y vestido con una túnica cubierta de cruces blancas y rojas. Casto, inteligente, amante de la paz, versado en las ciencias y en las artes, predicó con el ejemplo y su doctrina una nueva religión que inculcaba el ayuno y la penitencia, amor y reverencia a la Divinidad, práctica de la virtud y odio al vicio.
Llegó a predecir la llegada de hombres blancos en un lugar y época particulares (que casualmente resultó coincidir con aquéllos de cuando vino Cortés) que derrocaría  a sus antiguos dioses. Fue desterrado y pasó a Yucatán con el mismo mensaje; entre los Mayas fue llamado Kukulcán. De su época data en ambas regiones la veneración de la Cruz por los nativos, y en varios lugares se practicaban ritos que él había introducido, que evocan el bautismo, la confesión y la comunión. Los Mayas que practicaban esto llamaban al pan Toyolliatlacual “alimento de nuestras almas”. El autor del artículo supone que Quetzalcóatl fue un sacerdote noruego arrastrado fuera de curso quizás de los viajes nórdicos. Otros sugieren que era algún discípulo del irlandés San Brandán el Navegante, o quizás el propio santo. Sea cual fuere el caso, las implicaciones de la canción escrita por Cauich, Sumo Sacerdote de Tixcayón antes de que llegaran los españoles son claras:
Habrá de venir el signo de un dios que habita en lo alto
Y la cruz que iluminó al mundo se hará manifiesta
La adoración de dioses falsos dejará de ser
Vuestro padre viene, Oh itzalanos! 
Vuestro hermano viene, Oh itzalanos!
Recibid vuestros huéspedes barbudos del Este
Que vienen a traer la señal de Dios 
Es Dios quien viene a nosotros, humilde y santo
Es interesante notar que Nuestra Señora se apareció en Guadalupe en el atuendo tradicional de una princesa india. Esta aparición en 1531 fue la señal para una conversión masiva. El antiguo Perú también tuvo una figura como Quetzalcóatl, Viracocha, que se decía que era un viejo barbudo que vestía una túnica y llevaba un báculo.

Los Vikingos, cuando eran todavía paganos, habían perseguido a monjes irlandeses fuera de Islandia. Al asentarse en Groenlandia, hallaron evidencia de que el mismo grupo los había precedido y luego huido hacia el occidente. Según la Epopeya de Vinlandia, los indios que los noruegos encontraron más tarde en la costa de Norte América les informaron de hombres blancos barbados que, vistiendo túnicas, llevaban cruces en procesión. Los vikingos supusieron que éstos eran todavía más de los mismos. Ellos mismos mantuvieron una diócesis en Groenlandia desde el siglo décimo hasta los años 1400s, cuando la colonia Groenlandesa pereció. Por supuesto, no tenemos manera de conocer qué labor misionera llevaron a cabo, de haber habido alguna, sea de manera colectiva o por medio de individuos solitarios.

Además existe la famosa historia de Madoc ap Owain Gwynedd, el legendario Príncipe Galés que muchos sostienen que condujo a una partida de colonos a Norte América en 1170. Las leyendas de “indios blancos” que llevaban misales hechos trizas, crucifijos, rosarios, etc. parecen tener alguna base en hechos. Monedas romanas (que en aquél entonces circulaban en Gales) se han descubierto en Kentucky donde un grupo así se rumoraba que que existía cerca de Louisville en el siglo XVIII. Lewis y Clark se sorprendieron mucho de la apariencia caucásica de muchos de los indios Mandan; el artista George Gatlin, quien vivió entre ellos antes de su casi destrucción por la viruela, y los conocía mejor que cualquier otro hombre blanco, sostenía que su lenguaje contenía una gran cantidad de palabras galesas. Cual haya sido el caso, las Daughters of the American Revolution consideraron que la historia tenía suficuente prueba para eregir un monumento a Madoc en el supuesto lugar de su desembarco en la Bahía de Mobile.

Hay más supuestos rastros de visitas de japoneses, chinos, africanos y hasta fenicios a costas americanas, anteriores a Colón, Pero independientemente de que tales viajeros hayan llegado o no, fue Colón quien comenzó el movimiento que habría de hacer de América una parte integral de la civilización de Europa.

Ya había, sin embargo, civilizaciones en las Américas: la sangrienta teocracia de los Aztecas, y el despotismo de hormiguero de los incas. Lo que sea que le hayan debido a contactos con el viejo mundo, eran ciertamente lo suficientemente distintas. Muchas otras civilizaciones, los Olmecas de México, los Chimus del Perú, y por supuesto los Mayas de Yucatán, habían surgido y caído. En Norte América, una cultura semejante, llamada “Constructora de Montículos” (por los enormes montículos que construían) o “Mississippiana”, que para el año 850 DC había alcanzado prácticamente el mismo nivel tecnológico que alcanzaron los incas o los aztecas. Pero algunos cientos de años más tarde comenzó a desmoronarse bajo presión de las tribus de las Planicies y de los Bosques. Para cuando llegaron los Europeos, los indios de Natchez sobrevivían como un remanente solitario, así como los Byzantinos lo fueron de Roma. Es interesante que así como el Inca era llamado “Hijo del Sol”, el caudillo de los Natchez se llamaba “El Gran Sol” 

Los Indios de Norte América en la época del descubrimiento eran mucho más primitivos que sus contemporáneos aztecas o incas o que sus predecesores Mississippianos. Las tribus mas establecidas, tales como las del Sur y las del Noreste, cultivaban calabaza, frijoles, maíz y calabacitas. Los Indios de las Planicies, careciendo de caballos (ya que éstos no llegaron hasta que los trajeron los españoles) vivían vidas sedentarias en cabañas enclavadas en los bancos de los ríos. En el lejano oeste, los indios de California vivían vidas miserables, subsistiendo principalmente de bellotas y conejos (los fuegos que las tribus locales encendían para ahuyentar a los conejos de sus madrigueras en el área de Los Ángeles le trajeron a esa futura ciudad su primer smog). Los indios del NorOeste vivían relativamente cómodos. Éstos últimos se hicieron famosos por los potlaches, festejos en los que los anfitriones regalarían la mayoría de sus bienes a sus invitados.

Era un continente abundante en caza, bisonte, venado, alce, conejo, paloma viajera, guajolote, y muchos otros animales y aves llegaban a las alacenas de las tribus, así como diversas plantas silvestres, y los cuatro cultivos básicos arriba mencionados. Más al sur se  cultivaba el cacahuate, el chocolate, la papa. Su introducción posterior al resto del mundo (del cual estaban ausentes) habría de causar una gran revolución en la dieta de varios países del viejo mundo al igual como la importación de comida y plantas europeas ocasionaría en las Américas.

En todo caso, sucedió que en la época del descubrimiento no había naciones indígenas capaces de presentar una resistencia real a los europeos fuera de los Aztecas y los Incas. La sed de sangre de los primeros y la rígida conformidad interior de los segundos mermaron seriamente su capacidad para defenderse contra cualquier cultura tecnológicamente superior con la cual ellos quisieran entrar en contacto.


(Continuará)

sábado, 13 de enero de 2018

 ¿Tierra de los Hombres Libres? 

Una Perpectiva Católica sobre la Historia Norteamericana


Por Charles A. Coulombe

Tomado de la introduction al libro 'Puritan's Empire',  por Charles Coulombe
Traducido del inglés por Roberto Hope


 Parte 2 

Europa

La Europa de 1492 era un continente en pleno cambio. En Occidente, el Catolicismo reinaba supremo desde Islandia hasa Rusia. De muchas maneras, los ideales de la Cristiandad Medieval permanecían, aunque sacudidos por el Gran Cisma (con el escándalo de tres papas reinando al mismo tiempo) y el Renacimiento (con su redescubrimiento de la literatura y de la moral paganas). La Edad Media estaba impregnada de catolicismo de una manera que el mundo jamás vio — antes o después. Esto no significa que fueran perfectos o que los hombres fueran menos pecadores de lo que son ahora. Lo que sí significa es que tenían más claros sus objetivos que lo que lo tuvieron sus ancestros o sus descendientes: Como lo observa Kenelm Digby, en Mores Catholici. “el objetivo declarado de todos los gobiernos en épocas de fe era el de alcanzar la gloria de Dios y la paz en la tierra a los hombres de buena voluntad." La religión católica no admitía otros objetivos.
Todo el estado estaba fundado en el tipo pacífico del mejor reinado. El carácter pacífico de la majestad real era una idea religiosa que emanaba de lo que se creía que eran los tronos y dominaciones celestiales, pues era un ejercicio devocional de reparación de los pecados de ira, pasión y venganza, para ofrecer a Dios la benevolencia y tranquilidad de los tronos: La religión cristiana había puesto todo en su lugar, de manera que la jerarquía de los hombres era tan completa como la de los ángeles, en el orden mostrado por Dionisio. Como en éste, los tronos van después de los serafines y de los querubines; así también en el estado, a la fuerza física se le consideraba después del amor y de la ciencia. En la antigua escultura cristiana, las dominaciones que comandan a los ángeles, y los principados que mandan sobre los hombres, están representados con coronas y cetros, pero las potestades que rigen a la raza satánica se representan con una lanza y un escudo, pues el demonio sólo cede ante la fuerza. Por lo tanto, la corona y el cetro eran símbolos del poder real, y la máxima era “Es más de reyes conseguir la paz que forzar condiciones mediante la coacción”
Por esta razón, el rey tenía tres papeles; en cierto sentido, tenía un carácter semi sacerdotal, conferido en su coronación. Él era en primer lugar el defensor de la Iglesia en su reino. Era suyo un tipo de carácter sub-diaconal, y varios reyes eran con frecuencia tradicionalmente canónigos de una o varias de sus ciudades catedralicias Los reyes muchas veces desempeñaban papeles litúrgicos, como el del lavado de pies el Jueves Santo, ocupaban un lugar de honor en la procesión de Corpus Christi, y otras; y en la Misa se decían oraciones especiales por ellos. En unos cuantos casos se creía que poseían poderes milagrosos. Así, los reyes de Inglaterra y de Francia curaron la escrófula (llamada “el mal de los reyes”); el rey de Dinamarca curó la epilepsia, el rey de Hungría, la ictericia, y del Emperador del Sacro Imperio Romano, sucesor de Carlomagno, se decía que tenía cierto control sobre el clima (por ello en Alemania, al clima cálido agradable se le llama Kaiserwetter). A los ancestros de Isabel de España, los reyes de Castilla, se recurría por los poseídos para su exorcismo, como podemos leerlo en la obra de Álvarez Pelayo de 1340 Speculum regum escrita para el Rey Alfonso XI.
Se dice que los reyes de Francia y de Inglaterra poseen un poder sanador; así mismo, los reyes más piadosos de España, de los cuales ustedes descienden, poseen un poder que actúa sobre los endemoníados y sobre ciertas personas enfermas que sufren de males diversos. Cuando era un niño pequeño, yo mismo vi a tu abuelo, el Rey Sancho, [Sancho II, 1284 – 1295], quien me crió, poner su pie  sobre la garganta de una endemoniada, quien procedió a lanzarle insultos, y luego, leyendo unas palabras tomadas de un librito, expulsar a los demonios de esta mujer y dejarla perfectamente curada. (citado en The Royal Touch por Marc Bloch, p 88).
El segundo papel de su Majestad era el de juez supremo. La Magistratura de la Corte de la Reina es una reliquia que queda en los países miembros de la Comunidad Británica — de hecho, nuestra misma palabra Corte da reconocimiento a la época en que el rey se sentaba a juzgar casos, con todos sus principales hombres sentados alrededor suyo. Sin embargo, no podía ser arbitrario, cada una de sus provincias debía ser gobernada de acuerdo con sus propias leyes — o el Derecho Romano si era aceptado ahí. La ley era considerada algo inmutable, que podía ser descubierta pero nunca creada. Esto era tan cierto que los Assises de Jerusalén, el código legal del Reino Latino de Jerusalén, fueron declarados que constituían una recuperación de leyes anteriores más que una nueva creación para un reino nuevo. Tampoco estaba el Rey por encima de la Ley, leyes tales como la Magna Carta o las Bulas de Oro no eran consideradas nuevas limitaciones del poder del rey, sino más bien el retorno a un equilibrio que había existido previamente. Ya que el Rey tenía poco poder bajo su mando, debía ya sea escuchar casos en su propia residencia o enviar jueces a las distintas provincias de su reino, investir con poder judicial a varios de los notables locales La falta de un verdadero ejército permanente generalmente reducía su capacidad de disciplinar a los nobles ofensores a la de declararlos fuera de la ley que facultada a cualquier otro noble que fuera lo suficientemente fuerte a atacarlo.

Esto último nos lleva al tercer papel del Rey; el de caudillo militar. Era el jefe de cualquier soldadesca que pudiera tener a la mano: si deseaba irse a la guerra con una nación vecina o ir a una cruzada, tenía que convocar a sus principales nobles con sus estipendios o contratar mercenarios. Estas dos eran con frecuencia proposiciones peligrosas. Así fue que hasta la Guerra de los Cien Años, vemos poco de guerras  importantes entre reyes cristianos, aun cuando había mucho de guerras locales entre barones.

El papel del Rey era como el de un director de orquesta: Un rey bueno como San Luis pudo beneficiar a sus súbditos en gran medida por la fuerza de su personalidad; un mal rey era generalmente incapaz de hacer más que hacerles desagradable la vida a sus cortesanos. ¡Lo mismo podría decirse de los ejecutivos en jefe de hoy en día! Los reyes reunían cortes a su alrededor. Éstas consistían de los amigos y servidores del gobernante y de los grandes hombres de su reino. Uno piensa de inmediato en la Mesa Redonda del Rey Arturo, los Paladines de Carlomagno, y los guerreros agrupados alrededor de Hrothgar en Beowulf, Pero los muy atenuados descendientes de esos grupos pueden hallarse en estos días en instituciones tales como el Consejo Británico de Asesores Privados del Monarca y el Concejo de Estado de Dinamarca. Dentro de estas bandas amorfas, el Rey desempeñaba sus principales funciones: observando los ritos de la Iglesia, decidiendo casos judiciales que se le llevaban, y ocasionalmente decidiendo sobre acciones militares.

Conforme avanzaba el tiempo, estas funciones particulares se volvieron más especializadas y con el tiempo se desarrollaron en forma de quasi-departamentos o ministerios de estado. De este simple inicio se han derivado las grandes administraciones centrales que ahora conocemos. Con el tiempo éstas acabaron con los Reyes. Hoy en día sólo la mayormente ceremonial casa real británica y la pragmática Curia Romana sobreviven en algo parecido a su forma original.

Es importante recordar que, así como la Cristiandad era un cuerpo único en materia religiosa, también lo era así en asuntos temporales. Esto fue resumido admirablemente por James, Visconde de Bryce, en su obra The Holy Roman Empire (pp. 102-105)
La filosofía realista, y las necesidades de una época cuando la única noción de orden religioso y civil era el sometimiento a la autoridad, requería que el Estado Mundial fuera una monarquía: la tradición, así como la existencia continuada de una parte de las antiguas instituciones, daba al monarca el nombre de Emperador Romano. Un rey no podía ser un soberano universal, pues había muchos reyes: el Emperador debía ser universal pues nunca había habido más de un emperador: En tiempos más antiguos y más luminosos había sido el verdadero señor del mundo civilizado: la sede de su poder estaba colocada a un lado de la del autócrata espiritual de la Cristiandad. Sus funciones se verán más claramente si las deducimos a partir del principio rector de la mitología [como la califican los ignorantes] medieval, la correspondencia exacta de la tierra con el cielo. Como Dios, dentro de la jerarquía celestial gobierna a los benditos espíritus en el Paraíso, así el Papa, Su vicario, elevado por encima de los sacerdotes, obispos, y metropolitanos, reina sobre las almas de los hombres mortales aquí abajo. Pero como Dios es Señor de la tierra así como del cielo, así también debe Él (el imperator celestis)  ser representado por un virrey terrenal, el Emperador (Imperator terrenus) cuya autoridad debe ser de y para la vida presente. Y como en este mundo presente el alma no puede actuar salvo por medio del cuerpo, cuando sin embargo el cuerpo no es más que un instrumento y medio para la manifestación del alma, debe entonces haber un gobierno y un cuidado de los cuerpos de los hombres como lo hay de sus almas,.pero subordinado siempre al bienestar de aquel elemento que es el más puro y más duradero. Es bajo el emblema de cuerpo y alma que la relación del poder papal e imperial se nos presenta a lo largo de la Edad Media.
El Papa, como vicario en asuntos espirituales, ha de conducir a los hombres a la vida eterna; el Emperador, en asuntos temporales, debe controlarlos en sus tratos unos con otros, a modo de que puedan desarrollar sin molestias su vida espiritual, y de esa manera lograr el mismo fin supremo y común de felicidad perdurable. A la luz de este objetivo, su deber principal es mantener paz en el mundo, mientras que ante la Iglesia, su puesto es el de Abogado o Patrón, título tomado prestado de la práctica adoptada por iglesias y monasterios de elegir a algún barón poderoso para proteger sus tierras y dirigir en la guerra a sus aparceros. Las funciones de Abogado son dobles: una, doméstica, de hacer a los cristianos obedientes al sacerdocio y ejecutar los decretos sacerdotales sobre los herejes y los pecadores; la otra, foránea, de propagar la fe entre los paganos, sin escatimar el uso de armas carnales. Así el Emperador responde en cada punto a su anti-tipo, el Papa, pero su poder es de jerarquía menor, creado en analogía con el poder papal. Así pues, la Santa Iglesia Católica y el Sacro imperio Romano son una y la misma cosa, vistos desde ángulos distintos; igualmente, el catolicismo, el principio de la sociedad cristiana universal es también Romanismo.

Esto tiene una referencia específica  a nuestro propio Continente. Gary Potter lo define admirablemente en términos modernos
Las palabras expresan ideas y algunas de las que ahora se citan probablemente serán enteramente ajenas a cualquiera que no esté familiarizado con la historia anterior a hace unas cuantas décadas: “emperador del mundo”, “oficina imperial”... no es aquí el lugar para exponer toda la historia que debe conocerse para comprender las nociones completamente. Sin embargo, la principal fue presagiada por Nuestro Señor mismo en la última orden que recibieron de Él sus seguidores: hacer discípulos de todas las naciones. En una palabra, la idea de una comunidad cristiana universal es de lo que estamos hablando.
Hasta la fecha, nunca ha existido. Hoy en día ni siquiera hay un gobierno cristiano en parte alguna del Orbe. Sin embargo, desde la conversión de Constantino hasta agosto de 1806 — con una interrupción (en Occidente) desde Rómulo Augústulo en 475 hasta Carlomagno en 800 — existió el Imperio. Fue el corazón de lo que en un tiempo se conocía como la Cristiandad. Bajo su eje se iniciaron serios asentamientos en el Hemisferio Occidental y los nativos americanos fueron bautizados por primera vez, lo cual es la razón de que el penacho de Moctezuma esté en un museo en Viena.
La primera vez que la Cristiandad había emprendido la colonización de un territorio fuera de la Europa Occidental fue durante el curso de la primera cruzada en 1099. En esa época aun cuando las nacionalidades modernas de Europa ya existían, sus miembros se reconocían, por lo menos teóricamente, subordinados a su obediencia común al Sacro Imperio Romano, la Res Pública Christiana. Aun cuando varios de los ejércitos de la Primera Cruzada fueron dirigidos por lorenos, franceses, normandos ingleses, y normandos italianos, y en días posteriores por gobernantes alemanes, franceses e ingleses conducirían  a multitudes de cruzados multinacionales a Tierra Santa, nunca se planteó la cuestión de anexar las nuevas tierras a alguno de los reinos constituyentes del Imperio. En lugar de eso, las tierras liberadas del dominio turco se organizaron en forma de estados cruzados independientes; el Reino de Jerusalén y sus condados vasallos de Edessa, Trípoli y Antioquía.

Siendo la propiedad común de la Cristiandad, el Reino de Jerusalén fue organizado como un estado feudal  prototípico. Por todo eso, el Rey fue coronado en la Basílica de La Natividad en Belén, sus poderes eran limitados. Sus tres funcionarios principales, el senescal, el mariscal y el encargado del orden, cada uno esgrimía un poder considerable. Los señores de los feudos que lo constituían, reunidos en la corte superior, constituían un fuerte control de la voluntad del rey,  como lo era la corte de los Burgueses a la cual pertenecían ciudadanos de distintos poblados. El Patriarca de Jerusalén, y los Grandes Maestres de las tres órdenes militares (los caballeros templarios, los caballeros hospitalarios y los caballeros teutones) eran colocados de manera semejante. En resumen el historiador debe concordar con la descripción que Donald Atwater hace de la administración del reino como “un buen ejemplo, sabio, justo y moderado.”

Pero este primer intento de colonización habría de fracasar. La desunión interna podría quizás haber podido remediarse. Pero la creciente desunión nacional de los estados de la Cristiandad, cuyo esfuerzo común era esencial para la supervivencia del Reino, lo arruinó. Para 1291, las últimas ciudades ocupadas por los cruzados habían caído. Con la excepción del Mandato Británico de 1918-1948, Tierra Santa ha estado fuera de manos cristianas desde entonces.

Esta desunión continuó: llevó a la fratricida Guerra de los 100 Años entre Inglaterra y Francia, la Guerra de las Rosas en aquélla, luchas constantes entre Güelfos (partidarios del Papa) y Gibelinos (partidarios del Imperio) en Alemania e Italia, y al fin al Gran Cisma en el propio papado. La misma fricción entre las naciones centralizantes emergentes llevaron directamente a la caída de Constantinopla ante los turcos en 1453 y permitió a éstos ocupar toda Europa al sur del Río Danubio.

Pero para 1492 muchas de estas diferencias ya habían sido acalladas: el muy calumniado Papa Borgia ocupaba el trono de Pedro; Federico III, el último de los emperadores en haber sido coronado en Roma, reinaba en Viena. Carlos VIII de Francia se había casado con Ana de Bretaña, uniendo su territorio — el último gran feudo independiente — al trono francés. En Inglaterra, Enrique VII, primero de los Tudores, estaba imponiendo unidad en el imperio, luego de haber derrotado y muerto al legítimo rey Ricardo III en 1485. Mientras todos estos hombres trataban de consolidar sus respectivos reinos. centralizando el poder bajo las administraciones reales que acabamos de comentar, Fernando e Isabel de España, habiendo unido a Castilla y Aragón con su matrimonio, estaban terminando la antigua lucha contra los moros, El año de 1492, vio la caída del último baluarte moro, Granada, ante los españoles. Las Islas Canarias, Azores y Madeira, para ese año ya habían sido descubiertas y colonizadas parcialmente. Un marinero italiano, Cristóbal Colón deseaba ir más lejos en esa dirección y abrir nuevas rutas comerciales con el Lejano Oriente; éstas reemplazarían a las que estaban ocupadas por los turcos, y permitirían expandir la Fe a regiones hasta entonces desconocidas. Librados del problema moro, Fernando e Isabel tuvieron ls disposición de apoyarlo.

Los portugueses, en el curso de los años 1400, habían estado ocupados explorando. Bajo el patronazgo del hermano del rey, el Príncipe Enrique el Navegante (1349-1460), las Azores, Madeira y Cabo Verde fueron descubiertas como ya lo mencionamos. Marineros portugueses siguieron el viaje hacia el sur a lo largo de la costa africana, hasta que en 1486, Bartolomé Díaz descubrió el Cabo de Buena Esperanza. El Oriente estaba esperando. Pero debe observarse que el Príncipe Enrique no estaba interesado solamente en el comercio con el Lejano Oriente. Como Gran Maestre de la Orden de Cristo (la rama portuguesa de los Templarios que sobrevivió cuando esa orden fue suprimida), puso sus naves y marinos a investigar la fortaleza del Islam en las regiones donde exploraran, a tratar de establecer contacto con aliados cristianos (si los había) y a propagar la fe entre los paganos. Así fue que sus carabelas llevaban la cruz roja de los Cruzados, ya que sus viajes de descubrimiento se consideraban una continuación de ese conflicto.


(Continuará)

miércoles, 3 de enero de 2018

 ¿Tierra de los Hombres Libres? 

Una Perpectiva Católica sobre la Historia Norteamericana


Por Charles A. Coulombe

Tomado de la introduction al libro 'Puritan's Empire',  por Charles Coulombe
Traducido del inglés por Roberto Hope


Nota del traductor: utilizo las palabras América o o Estados Unidos, o Americanos, para referirme a los Estados Unidos de Norte América o a sus ciudadanos, y escribo Puritano o Puritanismo con mayúscula para distinguir el sentido de la palabra que identifica una religión y la visión del mundo que ésta conlleva, del que identifica una actitud de rigurosidad moral exagerada u ostentosa.

Parte I

Vivimos en la que ha sido, desde 1945 por lo menos, la nación más importante y más poderosa del mundo. Las tendencias, sean éstas políticas o sociales, que comienzan en los Estados Unidos pronto se extienden alrededor del mundo. Pero si esto es un motivo de orgullo para los americanos, también es una gran responsabilidad. Para los católicos americanos, la responsabilidad se vuelve todavía mayor. En el primer caso, hay la necesidad de asegurar que que este gran poder sea una fuerza para el bien, en el segundo, está la necesidad adicional de extender la fe católica en nuestra patria — de esa manera apoyándola por todo el mundo.

La historia es la clave para entender a los hombres — sean naciones, familias o individuos. Sin contar con su historial de trabajo nos es imposible evaluar a un candidato a empleo; sin genealogía, no podemos decir mucho de cómo es ahora una familia dada. De manera semejante, sin una comprensión firme de la historia de una nación, no podemos entender su presente. En el caso de América, tantas de sus actuales políticas se basan en factores arraigados tan profundamente en nuestra historia, que sin una buena comprensión de esos factores, el presente es simplemente incomprensible. Sin embargo, La historia es probablemente la materia que peor se nos enseña (debido en parte a algunos de estos factores. 

Debido a otro de estos factores, la poca de ella que se imparte a los estudiantes, más que como historia seria, se presenta en la forma de una mitología nacional, inútil para entender o para propósito alguno fuera del auto-elogio (con episodios tales como el de George Washington y el cerezo, o el del Motín del Té en Boston), a los que se les da más atención en vez de a las causas y las fuerzas que los produjeron.

Para los católicos, la historia tiene además un propósito más elevado. Para ellos, la historia es el desarrollo de la Voluntad de Dios en el tiempo, así como de los intentos del hombre de conformarse a ella o de resistirla. Como lo señala el gran Dom Gueranguer, autor del monumental Año Litúrgico:
"Para el cristiano no hay una historia puramente humana [ya que] el hombre ha sido llamado divinamente al estado sobrenatural. Este estado es la meta y las crónicas del genero humano deben, por consecuencia, mostrar las señales de la vida sobrenatural. Por lo tanto, el historiador católico puede descansar en la orientación que da la Iglesia, que siempre va delante de él como una columna de luz e ilumina divinamente todos sus pensamientos. El cristiano sabe que una fuerte ligazón une a la Iglesia con el Hijo de Dios hecho hombre; el cristiano sabe que la Iglesia tiene la garantía de la promesa de Cristo contra todo error en sus enseñanzas y en la conducta general de la sociedad cristiana, y que el Espíritu Santo anima y guía a la Iglesia. Es en ella, pues, donde encontrará la regla para juzgar. El verdadero cristiano no se sorprende de la debilidad de los clérigos o de sus abusos temporales. porque sabe que Dios  ha decidido tolerar la cizaña en sus campos hasta el momento de la cosecha. Pero sabe dónde se manifiestan la dirección del espíritu y el instinto divino de la Iglesia. Los recibe y los acepta, los profesa valientemente y los aplica en su narración de la historia. Por lo tanto, nunca lps traiciona, nunca los sacrifica, considera bueno lo que la Iglesia juzga que es bueno y malo lo que la Iglesia juzga ser malo. No le importa el sarcasmo o el clamor de los cobardes de vista corta. Otros historiadores observarán neciamente sólo el lado político de los hechos, y por lo tanto descenderán al punto de vista pagano. Pero el historiador cristiano permanecerá firme porque tiene la certeza inicial de que no está equivocado [sabe que] Cristo está en el centro de la historia [esto es por lo qué] no debe temer condenar las miles de calumnias que han hecho de la historia una enorme conspiración contra la verdad. Es necesario estar preparado para luchar; si uno no es lo valiente para hacerlo, entonces debe abstenerse de escribir historia” (Gueranger El Sentido Cristiano de la Historia)

El buen bnedictino nos da una segunda premisa importante:
"La suprema desgracia del historiador cristiano sería tomar las ideas de su época como criterio de evaluación y aplicarlas para juzgar el pasado. [De esta manera los no cristianos] logran arrastrar a los cristianos a sus sistemas, y se regocijan del progreso que han logrado de imponer su lenguaje y ss ideas." (Ibid.)
Su adhesión a estos principios ha producido historiadores tan grandes como Hilaire Belloc, Bernard Fay, William Thomas Walsh y Christopher Hollis, por no decir el propio Dom Gueranguer. Pero los historiadores católicos americanos se han abstenido de explorar su propia historia nacional con estos principios, prefiriendo en vez de ello adoptar el análisis de sus colegas no católicos, excepto cuando tratan de temas católicos (y a veces ni en esos). Es fácil de ver por qué.

Solange Hertz, quizás la primera escritora católica en apliar principios católicos a la historia de América llega a una conclusión incómoda:
"La historia de los Estados Unidos muestra cómo todo gobierno católico, fuera inglés, francés o español, fue desplazado gradualmente, en un continente regado liberalmente con la sangre de mártires venidos de todas partes de Europa, que plantaron ahí la Cruz de Cristo por vez primera y que no buscaron otro fin que el de consolidar la posesión pacífica por Él."
Éste no es un resumen agradable. Pero es la convicción del autor, que un examen sincero de los hechos en la historia de los Estados Unidos confirmarán lo sostenido por la Sra. Hertz. Pues América, hasta ahora, no es realmente una nación. Es de hecho una religión — la del Americanismo, descrita así por el Dr. John Rao:
“El Americanismo es una religión que dos principales elementos del alma Americana — el Puritanismo secularizado y el conservadurismo anglo-sajón — han ayudado a desarrollar. El Americanismo es una religión que adora a los Estados Unidos como la encarnación de la visión Puritana secularizada del paraíso. Es una religión que adora simultáneamente la unidad insulsa, materialista, multi-usos que surge del afán anglo-sajón de estabilidad, y la integración. El Americanismo es una religión evangélica que desea que el resto del mundo se convierta a sus doctrinas” (Americanism, p. 3)
Como religión revelada, el catolicismo debe sostener un monopolio de la verdad, no puede ser tolerante con el error; de las religiones falsas, el Americanismo, siendo una fe rival, debe inevitablemente ser un opositor al catolicismo. Como opina además el Dr. Rao, 
“es y siempre ha sido un peligro para la Iglesia de Roma. Ciertamente, la amenaza que representa al catolicismo ha de ser la más apremiante que se ha experimentado en los recientes siglos de revolución” (Loc. Cit)
Dicho todo esto, debe señalarse que oponerse a la religión del Americanismo no es lo mismo que ser desleal al país. En todo caso, la búsqueda de los ideales religiosos Americanistas ha envuelto a este país en innumerables disputas foráneas y domésticas, cualquiera de las cuales pudo fácilmente habernos destruido. Además, para un residente católico en un país que no es católico, un deseo de convertir a su nación para que abandone este error, es patriotismo verdadero, de manera semejante como el deseo de un converso, de ver a sus padres aceptar la verdad de la fe, es una pieza clave de su amor a ellos. 

Es vital, por lo tanto, para los católicos, especialmente los católicos jóvenes, adquirir una comprensión de la historia de su país. Para ejercer su patriotismo, deben afanarse por la conversión de los Estados Unidos; para hacer esto de manera efectiva, deben entender las fuerzas y los hechos que hicieron surgir no sólo la religión del Americanismo y al país mismo, sino también a la clase de catolicismo que en 300 años fracasó tan terriblemente en llevar a cabo esta conversión.

Una de las notas más excitantes y positivas de nuestra historia, sin embargo, es que los continentes americanos han proveído de un lugar donde las culturas nativas y las europeas, las africanas y las asiáticas se han mezclado y de las cuales surgió un espíritu vital. En esas regiones, evangelizadas debidamente, los resultados han sido extraordinarios. Dos modelos han sido propuestos para esta mezcla, el católico, en el cual los elementos que lo constituyen preservan su integridad al mismo tiempo que se enriquecen unos a otros, y el Americanista, en el cual se busca que el resultado final sea crear una conformidad basada en el mínimo común denominador: el dinero.

Con este libro, esperamos que se dará un comienzo hacia una visión católica de la historia americana. Obviaamente, un tema tan vasto no puede explorarse adecuadamente en el pequeño espacio del que disponemos. Pero lo que puede hacerse (y lo que este autor espera haber logrado) es re-interpretar los episodios más conocidos de nuestra historia de acuerdo con la fe, y señalar detalles menos conocidos que darán una prueba factual de lo verdadero de esta intepretación. 

Desafortunadamente, tan pobre ha sido mucha de la educación normal en las décadas recientes, que muchos nombres, lugares y fechas que no hace mucho tiempo eran del conocimiento general, habrán sido olvidados. Por lo tanto, para un mejor resultado, este libro debe ser usado junto con una enciclopedia. Los nombres y lugares que aparecen escritos en letra cursiva pueden entonces ser consultados para adquirir mayor conocimiento.

El autor no pretende haber escrito la última palabra sobre este asunto. No es una tarea cualquiera el revertir cinco siglos de tergiversación y mentiras descaradas. Pero si el presente trabajo inspira a otras, más diestras, manos a prestar sus plumas a esta obra, habrá tenido éxito..

En todo caso, será útil antes de comenzar nuestra estudio mirar hacia los continentes de Europa, América y África en la víspera del gran descubrimiento que los acercaría a todos ellos.


(Continuará)

lunes, 25 de diciembre de 2017

Get your dirty paws off my Christmas


Posted by Carlos Esteban RD
Taken from elperroflautareaccionario.wordpress.com
Translated from the Spanish by Roberto Hope

Of all the falsified debates of public discourse — and I am speaking of an unending list — perhaps the one most impregnated with misunderstandings and white lies is that of secularism. There has never been, nor will there be, nor can there be a secular regime in the sense given to the word by the owners of the discourse; that is, of a ruling class which is perfectly neutral in face of the different visions of the world, of the destiny of man, of moral dogmas. Not even can they escape the development of an unofficial liturgy.

When the West was called Christendom, Christianity was the state religion, not because the kings should have imposed it upon their subjects, but exactly the opposite: the community made first the beliefs of the Church its own. gave them life and gave color to its feasts, in joyful collective anonymity, designed forms of celebrating each indicated occasion, with its proper songs, its precise staging, its gastronomy, and even its own time pattern.

Christmas, not in the sense of a strictly religious feast but of a popular public feast all over the West is not a celebration designed in a study, commissioned by the government in power, with a timetable published in the Official Gazette. Public powers or large stores can solemnize Christmas but not create it, just as in marriage. They receive it already made and full of associated traditions and rituals which sometimes vary from region to region, because that is the way it is born, from the people who understand what it means that God, the Creator of everything, absolute omnipotence, should have made Himself one of us, as a general who infiltrates alone the enemy lines. An imagination which Is not touched by the scene of the Almighty turned into a newborn who depends upon his parents for everything, will never understand a word of poetry.

It is not for this, that I defend the position of the sour English puritans which prohibited Christmas, or that I may quibble about something so evidently democratic as a ruler putting himself at the service of a universal project of the people, no. It is simply that the cult, the official religion, although tacit and nameless, is now another, not merely different, but unashamedly hostile to the faith that saw Christmas born. In the Manger scene of our political life, Herod's Palace is at the center and on the first plane.

Christmas is Christian, and we Christians, who have created it even as a popular feast, have shared it delightedly with peoples of all creeds and conditions. But when the world has turned itself resolutely against everything symbolized by Christmas, it is high time to claim the 'copyright'. I don´t make this a liberal matter, that is, I not only demand that the public authorities get their dirty paws off our feast. I repudiate, just the same, its private commercialization, I curse its vague, diffused use, disconnected from its origin, to sell perfumes or mortgages.

To be saved, Christmas should go back to where it was born, family, home, and hearth. Chesterton was happy that the Church should have decided to solemnize the birth of Christ when it's the coldest part of the year and is least appealing to go out to the street. The home is the most desolate station of modernity, the fortress which we have massively deserted. Modern man is a lame creature, of the leg representing private life, while it displays an atrocious hypertrophy of the other, representing the public life. Perhaps it may not be very practical to ask for a radical turnaround, away from this unbalance, but at least in Christmas we could go back home and build it, and live it there, and let it get back renewing everything from there.. 

domingo, 24 de diciembre de 2017

Pre Christmas Carol


by Father Terzio

taken from exorbe.blogspot.com
Translated from the Spanish by Roberto Hope

How plenty the divine will
in the Holy Word who beats
with the pulse of flesh and blood
within the bosom of Mary.

And in it the prophecies
are forged in the Testament,
the eternal turned into a moment
and shadows into a clear day.

Never a better sanctuary
had the Lord on this earth ever
than the  bosom of a maiden,
the gift of the Holy Spirit.

How they rejoice in Bethlehem
when the hour is approaching!

Por qué Occidente Abandonó las Reglas Normales de Conducta.


Por A. James Gregor

Nuestra civilización ha observado orden y regla en nuestro universo y esto nos da toda razón para buscar un orden y una regla en nuestro comportamiento

Tomado de New Oxford Review
de mayo de 2017
Traducido del inglés por Roberto Hope



Desde por lo menos la vuelta del milenio, Occidente ha entrado en una época singular de tribulación. Más que un asunto de seguridad amenazada o de des-ubicación económica, por todas partes aparecen señales de una decadencia moral. Más que una simple cuestión de delitos contra la propiedad o de actos de violencia, hay una indiferencia general y sin remordimiento a la constante mengua de lo que habían sido las normas tradicionales de conducta pública y privada. Una de las evidencias más obvias e ineludibles de esta decadencia es la prevalencia del más ofensivo material pornográfico que se nos expone día con día; ninguna cantidad de objeciones parece librarnos de ella. Ahora se le considera “expresión protegida” y una parte supuestamente preciada de nuestra “diversidad” — una diversidad que de alguna manera incrementa nuestra “fortaleza.” La misma lógica inescrutable se utiliza para proteger situaciones de expresión vulgar y blasfema. Cuando en el no tan lejano pasado, la común decencia, habría impedido la exhibición pública de expresiones lascivas visuales y verbales, esas situaciones ahora se han vuelto lugar común, no sólo para ser vistas y oídas en todas partes, sino celebradas como evidencia de nuestra libertad personal. 

Lo que comúnmente llamamos la civilización occidental se ha caracterizado, desde sus inicios, por una norma más o menos común de moral pública y privada. Desde la época de los griegos pre-Socráticos, cuatrocientos o quinientos años antes del nacimiento de Jesucristo, los pensadores occidentales han tratado de elucidar las reglas que gobiernan nuestra conducta individual y colectiva, así como el razonamiento que las sustenta. En el curso de esa empresa, los pre-Socráticos hicieron toda clase esfuerzos por entender el mundo en que se encontraban. Ellos percibían un orden y una regularidad que indican fuertemente la existencia de cualidades de la consciencia. El mundo exhibe esas cualidades, y la mera reflexión sobre ellas podía desentrañar algunos de los patrones inherentes a él. La propia consciencia de esos filósofos podía generar números, y esos números podían trasladarse al universo visible. Podían usar matemáticas y con ello prever el futuro. Podían trazar las trayectorias de los cuerpos celestiales y predecir su curso. En un sentido perfectamente obvio, la mente humana formaba parte del orden de las cosas, y las cosas parecían participar de las cualidades de la consciencia. Nuestros antepasados intelectuales entendían que la realidad era más que una sustancia compleja de cosas materiales. En cierto sentido, ella formaba parte de la consciencia. Ellos veían todo como una parte de la realidad “espiritual”, la cual la razón aducía que podía ser sólo parte de una consciencia todavía más plena.

Una vez concedido esto, siguió la convicción de que la realidad observada requiere de una causa iniciadora consciente para explicar su existencia. La noción de un Creador como “causa primera” se convirtió en una característica del pensamiento griego más antiguo. Sin embargo, ni Platón ni Aristóteles arguyeron que esa Primera Causa mostrara interés aparente alguno en la cosa creada. De alguna manera, el mundo había sido puesto en movimiento como consecuencia de la voluntad del Creador, pero luego, el mundo había procedido con la total indiferencia de Éste. A pesar de todo, había, no obstante, una cualidad importante en las regularidades que gobernaban la creación. En esas regularidades, los griegos veían implicaciones para el comportamiento humano. Consideraban que la manera como se comportaban las cosas indicaba cómo debían comportarse. De una descripción de cómo se conduce el mundo, los primeros filósofos sacaron conclusiones sobre el orden apropiado de las cosas. Ellos argüían que mediante la observación, uno podía descubrir una lista de comportamientos, tanto prescritos como prohibidos, así como su justificación.

Así pues, aunque los filósofos de la antigüedad no estaban preparados para argüir que la evidencia del universo nos diera el fundamento para sostener que el Creador, como Causa Primera, nos provee de las reglas para tener una conducta correcta, sostenían que la misma regularidad ordenada de las cosas nos da el fundamento para la recta regularidad de la conducta humana. Hay orden y regla en nuestro universo y esto nos da razón para buscar un orden y una regla en nuestro comportamiento. Los filósofos argumentaban que los hombres prosperan cuando siguen reglas ordenadas de consideración, camaradería y ayuda mutua. Como el orden en la naturaleza, el orden entre los hombres tiene consecuencias discernibles y esto nos da el razonamiento para una conducta que mejora la vida. Así, aun cuando los filósofos no veían en el Creador de las cosas, al que nos provee de una lista específica de comportamientos prescritos o proscritos, ellos concluyeron que cualquiera que gozara de un buen sentido de razón, podría desentrañar tales reglas observando la naturaleza. Todo lo que se requería era buena voluntad y observación sistemática. Nuestros antepasados sostenían que este proceso, accesible a todos, podía establecer reglas generales de conducta correcta así como su razón justificante.
  *   *   *  
Sólo con la venida de la Edad Media, los sabios cristianos lograron unir la “teología natural” de los pensadores pre-cristianos con la verdad revelada del Decálogo — para proveer de su defensa mediante la razón y la revelación. Antes de que la verdad revelada se hiciera parte de la doctrina religiosa, la moralidad razonada del platonismo y del aristotelismo proporcionaban el fundamento natural para el comportamiento público y privado, una justificación basada en evidencia observable por muchos sujetos. Aun cuando los cristianos argumentaban que la conducta humana es gobernada en última instancia por mandato divino, concedían, sin embargo, que es posible, no obstante, llevar una vida moral sin más conocimiento de lo divino que el saber que existe un Creador, la Primera Causa del ser. En efecto, los cristianos del siglo XIII argumentaban que los hombres pueden gobernar su conducta moral con las prescripciones y proscripciones que se derivan de la observación del orden del universo.

En el siglo XVIII, esas eran las convicciones que abrigaban muchos de los fundadores de los revolucionarios Estados Unidos (Thomas Jefferson prominente entre ellos). Como deístas, estaban preparados para argumentar que ese sistema ético por sí solo proveería el núcleo sustancial de una “religión civil” (“Tenemos estas verdades por auto evidentes”) que habrían de guiar el mando del comportamiento de los ciudadanos — sin la necesidad de establecer una religión sancionada y hecha cumplir por el estado. De esa manera se permitió la libertad de religión sin abandonar el fundamento para un orden moral sustentable.

En la misma época, sofistas y escépticos contemporáneos en Europa, tomando el hilo de argumentos arrastrados desde tiempos tan anteriores como el Renacimiento, se dieron a argumentar que no podemos estar más seguros de los descubrimientos empíricos acerca del mundo a nuestro alrededor que lo que podemos estar seguros de la existencia de un Creador. Llegaron a presentar argumentos que descartaban la infalibilidad de la verdad matemática, afirmando que las “verdades” matemáticas son meramente una función del lenguaje. Argumentaban que nuestras favorecidas proposiciones matemáticas no serían verdad en algún otro lenguaje hipotético. Como consecuencia, estos pensadores sostenían que las proposiciones empíricas acerca del mundo son siempre inevitablemente inciertas — y las verdades lógico-matemáticas eran simples subproductos culturales de nuestro lenguaje heredado. No podíamos depositar confianza en aserción de verdad alguna. Una verdad objetiva no puede hallarse en ninguna parte.

Si se concede todo eso, no hay base, sea empírica o divina, para sistema ético alguno. Más y más pensadores en el siglo diecinueve comenzaron a argumentar que la moral no es más que una invención y una cuestión de elección personal. Aun peor, argumentaban que, sistemas tan demandantes y restrictivos estaban dirigidos a servir los exclusivos intereses de alguna casta privilegiada, así como a suprimir la resistencia de aquéllos que eran explotados por su mando. Los primeros revolucionarios del siglo XX estaban animados por esas convicciones, expresadas por iconoclastas tales como Federico Nietzsche y Carlos Marx. El resultado fue la producción de 'religiones políticas' por los revolucionarios, a fin de fomentar un comportamiento obediente entre sus seguidores. Los revolucionarios crearon sistemas carentes de normas y valores sociales, dirigidos por líderes carismáticos — los sabelotodo autócratas del partido, identificados de diversas maneras como 'estimados líderes' o 'salvadores', que se hacían aparecer como omniscientes. Ellos, y los partidos políticos que ellos movilizaban, procedieron a emitir mandamientos que debían ser obedecidos por todos y castigados con la amenaza de muerte, encarcelación o destierro. Todos sabemos de las terribles consecuencias que siguieron al establecimiento de tales sistemas.
  *   *   *  
En Occidente, todo esto ha sido acompañado de una clase de actividad académica inspirada. Comenzando por los pensadores del Círculo de Viena al principio de los 1930s, y después aducidos por un verdadero ejército de intelectuales, hemos sido informados de que nuestras convicciones morales no son más que preferencias personales que no tienen mayor estatus que las de otros. Se nos ha dicho ahora, que la moral no representa nada más que los prejuicios preferidos. Los educadores en nuestras universidades más prominentes nos informan que ninguna aseveración, cualquier que sea su tipo, puede jamás ser “verdadera” (salvo por la aseveración misma). Se nos dice que cualquiera y todas las aseveraciones — empíricas, lógicas o normativas — nada son en principio fuera de expresiones de preferencia basadas en la raza, la cultura la clase social o el género. 

Esto ha llevado a algunas ocurrencias sorprendentes. Recientemente, un antropólogo profesional sostenía que ninguna distinción de lo que es verdad podía hacerse entre la aseveración de la tribu indígena de los Zuni, de que la población aborigen de América del Norte surgió de la tierra espontáneamente, y la aseveración de las ciencias sociales de que los indígenas americanos emigraron caminando sobre el puente de tierra prehistórico que en un tiempo conectaba a Norte América con Asia. Decía que ambas caracterizaciones de los orígenes de los aborígenes americanos eran igualmente verdaderas, cada una desde su perspectiva propia. De manera semejante, algunos médicos occidentales insisten en que su teoría de la transmisión de las enfermedades no es más 'verdadera' que la convicción Hinduista de que la enfermedad se propaga a capricho de una divinidad o de otra. Sostienen que argumentar lo contrario constituiría un caso de 'imperialismo cultural'

El resultado directo de todo esto ha sido el abandono general de todas y cada una de las reglas prescritas de conducta. Las únicas reglas que se permiten son aquéllas que estén endosadas por las minorías raciales, las comunidades culturales históricamente “oprimidas”, o una de una multitud de géneros súbitamente descubiertos — con exclusión de todas las demás reglas. En última instancia, las “verdades”, en particular las verdades morales, se entiende que no pasan de ser elecciones hechas por individuos o por grupos con comportamiento que se conforma a sólo una sentencia: “Sé leal contigo mismo”. Ya que no hay fundamento para justificar una  conducta “apropiada”, el resultado ha sido la proliferación de comportamientos 'alternativos'  que van desde el asesinato en masa de inocentes (v.gr. de civiles no beligerantes, de bebés en el seno materno, de grupos étnicos rivales) hasta la exigencia de que se les permita a adultos “amar” a niños pre-adolescentes. Hasta ha habido exigencias persistentes planteadas de que, a modo semejante, se les permita “amar” a animales — predicado aparentemente sobre el argumento de que, ya que no hay fundamento alguno que justifique reglas públicas de conducta, a cada quien debe permitírsele que “busque la felicidad”  a su manera.

En esencia, Occidente ya no tiene una moral pública o privada que esté preparado para defender con argumentos razonables. Nuestro comportamiento individual y colectivo es sancionado solamente con la fuerza — una fuerza gobernada por ninguna otra cosa que los caprichos del electorado. Lo que es permitido es gobernado más y más frecuentemente por los prejuicios y preferencias de minorías agresivas y bien financiadas.

La actual exoneración identifica como sus enemigos a aquéllos en las iglesias. que estén preparados para defender la moral tradicional, así como a aquéllos a quienes se les han asignado las responsabilidades oficiales de mantener el orden público y de administrar lo que queda de la ley que hemos heredado. Con más y más frecuencia, los tribunales son influidos por un entorno que insistentemente se ha vuelto carente de normas y de valores sociales, una influencia que ha impactado también a nuestros políticos. Conocemos demasiado bien cuáles han sido los resultados de esto.
  *   *   *  
En la arena internacional, las entidades políticas organizadas han comenzado simplemente a elegir sus propios enemigos, a los cuales extenúan mediante violencia ilimitada, o aíslan mediante rechazo, encarcelamiento o exilio. En nuestro propio entorno, los enemigos elegidos son destruidos mediante intimidación, mentiras, o represión. El discurso político fácil, de restaurar la seguridad o derrotar a quienes nos podrían causar daño, implica una tarea mucho más compleja y demandante que lo que la mayoría apenas comienza a imaginar. Tal restauración requeriría del restablecimiento de los fundamentos racionales de un sistema ético que sea capaz de propiciar lealtad. Lograr eso será una tarea ardua, que implica la dedicación de las iglesias y de toda la gente de fe. En su desarrollo, tendría que hacer participar a las universidades y a todas las instituciones colaterales que están dedicadas a la educación de los ciudadanos.

En el mejor de los casos, nuestra generación podrá esperar lograr apenas un comienzo — así de amplia y profunda es la decadencia moral. No sería la primera vez que la humanidad fuera levantada en un resurgimiento moral, una exigencia colectiva e incontenible de una restauración de la decencia, del sentido humano y de la buena voluntad. Sólo nos queda esperar su éxito.

domingo, 17 de diciembre de 2017

Brussels and the last days of the West


Monday March 28, 2016

by Carlos Esteban rd

Taken from:
https://elperroflautareaccionario.wordpress.com/2016/03/28/bruselas-y-los-ultimos-dias-de-occidente/
Translated from the Spanish by Roberto Hope

Our civilization will die of stupidity. The massacre in Brussels is a good moment to remind ourselves that the enemy of the West lies not in the sands of the Middle East, but among ourselves.

A new carnage has struck Europe; this time in the very capital of that globalist and 'goodist' conspiracy known as the European Union, Brussels. One more of the successive bloodbaths which have absolutely nothing to do with Islam, and to which the first reaction among our self-righteous masses is not the logical one of indignation and defense, but the fear of an outbreak of 'Islamophobia.' May no one in any situation use this to frustrate the lovely fantasy of the #WelcomeRefugees. Even though the Eurostat will make it clear that less than a third of those who arrive do so running away from the IS; despite the Islamic State boasting that it has taken advantage of the border chaos to infiltrate operators and the Interpol itself estimates them to have reached the number of some 5,000 men.

But fear not, it is not the novel 'Islamophobia' — which can already be defined as the rejection to submit to Islam — the illness of which our civilization will die. Our civilization will die of stupidity.

A people whose first reaction upon being attacked is to excuse the group from which its attackers come, is calling, at the top of its lungs, for its extinction, and after reading in the social networks and in other publications, tens of ramblings along the lines of 'not all Muslims ...' and/or “... because the Crusades...” ,  I have not the least doubt that we are in the terminal phase.

We already experienced this after the atrocious killing at the Bataclan in Paris. Françoise Hollande's immediate determination to launch an attack against the IS positions in Iraq was very much applauded, at least by the right. And that is the proof of our supreme cowardice and supreme stupidity. Because it is not in the sands of Mesopotamia where the peril for our civilization lies, but in our perpetual compromise, in our cultural masochism. And no measure is taken in connection with that. On the opposite, faced with the avalanche of supposed refugees from the Middle East, the most powerful European leader, Angela Merkel, reacted with a universal and open invitation, to which masses of progressivists adhered at the cry of 'Welcome Refugees!', creating — among other things — a security crisis which one would have to be blind not to see.

Furthermore, the military intervention of the United States and its allies in the Islamic world, from Iraq and Afghanistan to Libya and Syria, have produced, if not the cause, at least the perfect occasion for the drama now developing in our borders.

The American neocon establishment and its Spanish allies maintain that the primary objective is to finish Assad, ahead of the victory over the IS. Producing, we imagine, a result equally promising as that of Sadam´s overthrow in Irak. Because the West cannot stand the vision of a tyrant, this is the directive, to democratize the Globe.

Well, part of the Globe. Through no one's imagination passes the idea of snubbing China for the minute detail of it being a tyranny that has crushed all kinds of dissidence.

Or, closer to the case under discussion, Saudi Arabia, an archaic and cruel theocracy, in comparison to which the reviled Iranian regime is a libertarian paradise. But the Saudis are untouchable, no matter that the Islamic faction behind the modern Jihad, behind all of the massive attacks that have occurred since September 11, has its cradle there, and it is the only official one permitted in the kingdom; no matter that it is financing mosques and madrassas all over the West, which transmit the same radical message against the infidel. Arabia is the wellspring of all that, along with other tyrannies of the Gulf, such as Qatar and the Arab Emirates, shirts of which are worn by the players of both of our principal soccer teams. Business, I suppose, is business, and just like emperor Vespasian reminded his son Titus, that money does not smell, apparently, it also does not retain blood stains.

Of course, I sympathize with all of the victims and their families, but I hope not to be judged too callous if I say that these brutal attacks, as Europe had not suffered in decades, are just the most dramatic aspect of our gradual extinction. In the long run, these attacks are also unnecessary, even counterproductive for our defeat. Even more, not even is Islam — Jihadist or not, if you' are prone to split threads and make a distinction which even they do not make — the problem of the West.

Islam is still very fragile. The west is still very powerful. A modest dose of common sense, of the conservation instinct which is normal to expect of any people on earth,  would suffice for the danger to be immediately exorcised. No, the real enemy, the implacable, dangerous, powerful enemy is not the one which climbs the walls, but the traitor who opens the gates to the enemy. It is our elites, our rulers, our communications groups, our cultural mandarins, our educational system, our financiers. The globalist establishment, in short, who has decided that the best way to rule us is, in the old style, dividing us, stripping away our national identities as much as our old European identity, so that, turned into atoms, without personal loyalties, we will have to depend upon our masters to resolve our quarrels.

Towards the end of the preceding century, progressivist sociology professor at Harvard, Robert Putnam, proposed himself to make a profound study to prove the benefits of cultural diversity and chose the multicultural city of Los Angeles as his test field. But the results were so opposite to what was expected that his work Bowling Alone, received very little publicity.

Putnam proved that cultural and ethnic diversity drastically reduces social cohesion, participation in community activities and mutual trust, and promotes solitude and disinterest in the public affairs. Such a community has only the political power as arbiter among the various tribes in dispute; the wet dream of the powerful. And this is the plan which, with no need to resort to any conspiracy. Is being imposed on the West, and very specially in Europe under the auspices of Brussels.

The West lives in a bubble of unprecedented prosperity, peace, and liberty which makes it believe that its values are universal values; that we are not one more tribe, but the entire humankind, and that our arrival in the world scene has made disappear the secular incentives and mechanisms which have moved all peoples throughout history.

The world is much greater, demographically ever more in relation to the waning West, and knows what this means. It knows that ignoring the enemy does not make it disappear, on the contrary. It knows that weakness is not a signal to protect the other but to attack him.

In a twisted and sinister way, the West is ill with a deformed and masochist priggishness which always asks who is right and always responds it is any other, that we are the worst and most evil of cultures. But history does not move like that. In real history, not in the politically correct one,  if a people, without too much effort, can get the territory, the wealth and the women of another for itself, it will do it.

Sooner or later, the West will have to wake up to this fact, or resign itself to perish, and not precisely to dissolve itself in a Utopian progressivism. Because the day is not far when the question will no longer be what is your opinion, but which is your people.